*“Queremos que los jóvenes se esfuercen de la misma manera que lo hacíamos en nuestra
juventud; sin embargo, se deben tomar en cuenta diferentes factores para entender por qué
pasa esto y por qué como adultos tenemos una resistencia”, agregó el ponente.
En días reciente, Klaudio Duarte Quapper, académico de la Universidad de Chile,
compartió con profesores de la Universidad de Colima (UdeC) algunas reflexiones acerca
del cómo se desarrollan las relaciones de convivencia al interior de las universidades y
cuáles son los retos que enfrentan docentes y estudiantes debido a la diferencia
generacional, durante la conferencia “Diálogo intergeneracional”, que impartió como parte
de las Jornadas Académicas 2025 que organiza esta casa de estudios.
El investigador explicó un concepto reciente llamado Adultocentrismo: “Queremos
que los jóvenes se esfuercen de la misma manera que lo hacíamos en nuestra juventud; sin
embargo, se deben tomar en cuenta diferentes factores para entender por qué pasa esto y
por qué como adultos tenemos una resistencia”, dijo.
Señaló que, al igual que en la religión, la política y la familia, en las instituciones
educativas existe un orden social en el que la adultez -no necesariamente las personas
adultas- es la que decide, organiza y define lo que debe ser. En este esquema, las y los
jóvenes deben aprender a convertirse en adultos según los términos impuestos por esa
adultez, y su voz o aportaciones sólo serán tomadas en cuenta cuando sean adultos.
Desde esta idea, comentó, pareciera que el éxito y el triunfo se encontrarán al llegar
a la adultez. Esta postura, según el académico, trae serios problemas no sólo en el trato a los
jóvenes sino a personas adultas mayores. “El trato está sostenido sobre la idea de que la
adultez es lo que vale, no el joven y no el adulto mayor, porque el adulto es el que produce,
y pareciera que tiene el derecho a vigilar que las normas se cumplan y todo aquello que no
quepa dentro de esto, no es considerado todavía adulto”, explicó.
Sobre quién es considerado adulto, a qué edad y bajo qué criterios, explicó que esto
varía según el contexto: “No es lo mismo ser adulto en la ciudad que en el campo. Muchas
personas pasan directamente de la infancia a la adultez, pero con la ampliación del
posgrado, esta etapa se ha prolongado para algunos. Sin embargo, quienes no cursan
estudios secundarios o universitarios pueden enfrentar mayores dificultades para ser
reconocidos como adultos, precisamente porque no están en el sistema educativo”, señaló.

Respecto a los desafíos, indicó que uno de los principales es el adultocentrismo y la
forma en que socialmente se construye la juventud. Subrayó que el patriarcado y el racismo
se aprenden durante la socialización como si fueran órdenes naturales, cuando en realidad
no lo son: “Son estructuras construidas socialmente, y si aceptamos esta idea, entonces
podemos reconstruirlas, podemos recodificarlas. Ahí radica el verdadero desafío
educativo”.
Otro desafío consiste en dejar de estigmatizar a las personas, pues ello agrega
prejuicios y sobrecargas, ejemplo de esto es la Generación de Cristal y la Generación X.
“En la primera, los jóvenes se quejan por la sobrecarga de trabajo, pero nosotros cuando
fuimos jóvenes no nos quejábamos, todo lo contario, nos esforzamos, nos sacrificamos para
sacar el título y llegar a donde estamos”, comentó.
Recordó que a la Generación X se le puso así porque al principio de los 90, los
adultos consideraban que no tenían identidad: “Nos dimos el gusto de llamarlos porque no
eran como nosotros. ¿Por qué le ponemos a los jóvenes nuestra experiencia, como si fuera
la experiencia que todos tienen que replicar?”, planteó.
La edad, explicó Klaudio Duarte, “es simplemente una referencia que surge al restar
la fecha de nacimiento de la fecha actual; el resultado es un número que por sí solo no dice
nada sobre la persona, sus valores, ideología o trayectoria. A medida que crecemos,
aprendemos que la edad puede utilizarse como herramienta de control, como una forma de
‘mayoridad’ que otorga poder”.
En cuanto a la tarea pedagógica, propuso cuatro estrategias. La primera es hacer
partícipes a los estudiantes en el proceso educativo: “Me libero del peso adultocéntrico que
afirma que el docente es el único responsable de la formación del estudiantado, como si no
fuera también tarea de ellos y ellas. Pero para lograrlo, necesito cambiar de enfoque,
aprender a ver sus potencialidades”, señaló.
La segunda estrategia es fomentar el diálogo: “No se trata de imponer nuestras ideas
como verdades absolutas, porque cada estudiante llega con su propia experiencia. Se trata
de invitarlos a reflexionar, a debatir y a desarrollar pensamiento crítico mediante el
intercambio generacional de experiencias”.
La tercera propone una transmisión de conocimientos multidireccional, no limitada
a la relación entre docentes y estudiantes, sino también entre los propios alumnos: “En
Chile nos preocupa que muchos jóvenes no saben dialogar entre sí. No es un problema
genético, sino una consecuencia de la sociedad en la que han crecido, marcada por una baja
capacidad de escucha”, advirtió.
Finalmente, planteó la necesidad de una educación verdaderamente democrática,
que no se reduzca al acto de votar, sino que promueva el paso de un poder de dominio a
uno de liberación. “Por ejemplo, llegar a acuerdos con el grupo sobre las formas de
evaluación, considerar que el programa sea una propuesta flexible, y reconocer que muchas
veces dejamos lecturas complementarias que ya conocen. Esto también nos obliga a
cuestionar cuánta comunicación real tenemos entre docentes”, concluyó.

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